Cuando México se sacudió la indiferencia

¿Cuál era la probabilidad?

¿En qué extraño, irónico juego estadístico hubiéramos adivinado que, 32 años después del más terrible temblor en la historia del país, hubiera otro justo el mismo día, sólo dos horas después del simulacro conmemorativo?

El reciente temblor del 19 de septiembre causó miedo y confusión, sacudió a un país que ya estaba sacudido, golpeó comunidades que apenas estaban recuperándose de otro sismo, registrado casi a media noche hacía apenas dos semanas. Miles de mexicanos hoy lamentan la pérdida de su escuela, de sus centros de esparcimiento, de su patrimonio o de sus seres queridos.

Pero el reciente temblor también sacó lo mejor de nuestro país.

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Ni bien se había terminado el movimiento telúrico, ni había tenido el gobierno tiempo siquiera de reaccionar, brigadistas, voluntarios y vecinos habían salido a las calles, preguntando “¿qué puedo hacer, qué se necesita?”. Junto con los edificios, cayeron las barreras entre mexicanos que hacían largas cadenas para pasar cubetas y piedras y víveres: el albañil junto a la ingeniera junto al viene-viene junto al estudiante…

Llegaron toneladas de víveres, de equipo de rescate, de suministros médicos que no son precisamente baratos. Muchas personas donaron su tiempo y su esfuerzo acomodando las cosas, clasificándolas, repartiéndolas entre aquellos que entraban a los escombros a sacar gente. Manos de todos colores y profesiones repartieron comida, agua, café.

Las redes sociales, tan criticadas por algunos, se volvieron un puerto de información, desde quién estaba bien hasta quién faltaba, desde dónde se necesitaban cosas hasta dónde sobraban manos para ayudar. Los millennials, esa generación tan tachada de floja e indiferente, armaron brigadas para ir a ayudar no sólo en su colonia o en su ciudad, sino incluso en los otros estados afectados por el sismo. Se armaron incontables grupos de Facebook y WhatsApp para coordinar esfuerzos, unidos bajo el #FuerzaMéxico, resonando por las redes sociales como un grito de esperanza.

La ayuda internacional no tardó en hacerse presente: casi quinientos rescatistas y una simpática veintena de héroes de cuatro patas vinieron a nuestro país a ayudar, a rescatar, a reconstruir. Las calles se volvieron una torre de Babel, pero en esta ocasión no hubo pleitos ni malentendidos, sino la unión de corazones humanos más allá de idiomas y nacionalidades.

Y cuando por fin terminaban las labores en un lugar, se unían las voces de los mexicanos al grito de guerra, y los voluntarios iban a buscar otro lado donde se necesitara una mano solidaria.

Han pasado ya casi dos semanas; la ayuda sigue llegando, las brigadas siguen moviéndose, y algunos se preguntan, mientras volvemos a la normalidad (pero, con un poco de suerte, no a la indiferencia), si lo que hicieron fue suficiente.

Algunos no pudieron hacer más que ofrecer asilo temporal o transporte a un colega, a un amigo, a un completo desconocido. No pudieron hacer más que reportar lo que sucedía o consolar a alguien que estaba llorando al lado de ellos.

Algunos no pudieron dar más de lo que lo que tenían en casa, pues las tiendas se vaciaron por completo de gente que compró para ayudar. No pudieron dar más de lo que consiguieron vaciando lo que quedaba de su quincena, o incluso dar más del bote de tamales que habían salido a vender ese día.

Algunos no pudieron hacer más que reunir a una mascota perdida con su dueño. No pudieron más que distraer a los pequeños que se encontraban refugiados en los albergues cercanos a su domicilio. No pudieron más que mandar ayuda monetaria porque se encontraban en otro país pero toda su familia, sus amigos, su gente estaba aquí.

Algunos no pudieron hacer más porque llegaron al límite de lo humanamente posible y un poco más allá.

A todos estos “algunos”, que con su granito de arena ayudaron, gracias.

Gracias porque México se sacudió la indiferencia y ayudó a esa persona que de otro modo hubiéramos ignorado en la calle.

Gracias porque México no permitió que las comunidades más recónditas quedaran abandonadas a su suerte, sino que hizo hasta lo imposible porque llegara la ayuda.

Gracias porque México reprobó la corrupción que derrumbó edificios y la rapiña de algunos pocos indiferentes al sufrimiento de otros.

El rescate apenas comienza. En los siguientes meses, debemos seguir trabajando para levantar nuevamente nuestro país, física y socialmente.

Es hora de poner manos a la obra para seguir ayudando.

Podemos ofrecer un techo a una familia, porque en México, “mi casa es tu casa”.

Podemos ayudar a una asociación civil que esté reconstruyendo a México; éstas están verificadas y ayudarán a las comunidades de Oaxaca y Chiapas.

Podemos donar a la Cruz Roja Mexicana, que seguirá atendiendo a las personas afectadas por el sismo.

Podemos donar botellas de PET y envases de TetraPack que ayudarán a reconstruir las comunidades más afectadas.

Podemos acercarnos a los centros de acopio y a los albergues, y preguntar qué hace falta o cómo podemos ayudar.

Finalmente, podemos y debemos mantener vivo este espíritu de unión nacional, ya no para quitar escombros y reconstruir físicamente, sino para quitar escombros sociales que impiden la construcción de un México más humano, más tolerante, más solidario.

Fuerza México, saldremos adelante.

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